El Síndrome de la Soledad. Capítulo 2

7:00 Carla García 0 Comments




¡Hola ardillitas!

Hoy os traigo el segundo capítulo donde ya empieza la historia de verdad después de conocer un poquito a Sofía, esta historia tiene un tema complicado de entender sino lo has sentido. Espero, como ya he dicho, que os guste y podáis, después de leer los capítulos, comprender el mensaje que estoy lanzando. 




Sofía. Sofía y Sofía. Tres o cuatro veces sonaba su nombre de la boca de su madre cuando iban de camino al instituto cada mañana en el coche. Sofía observaba la ciudad sin hacer caso de la conversación que cada mañana mantenía su madre con ella. Le explicaba que tenía que socializar, que aquel iba a ser su día, y eso se repetía mañana a mañana. Pero Sofía sólo se paraba en cada teja de edificios, en los taxis color negro y amarillo de su ciudad, Barcelona, en las paradas de autobuses llenas de gente que tanto le aterraban, en todo excepto en las palabras de su madre. 

Aquel no iba a ser su día, como el resto de los que le quedaban, iba a ser un día más hasta que estuviese de nuevo en su habitación con su música clásica. 

Tan pronto llegaron al instituto Sofía bajó del coche sin despedirse de su madre, como cada mañana, y empezó a subir las escaleras, en las que se escondía detrás para comer, intentando no rozar a nadie que pasase a su alrededor. 

A primera hora tenía Lengua Castellana, la asignatura que más medio le daba, pues a la profesora le encantaba debatir en clase y tenía una fijación, o eso creía ella, con Sofía. Siempre que empezaba a hablar en público misteriosamente salía un tartamudeo que no tenía en ninguna otra ocasión, por eso, Rosa López Ajillo, maestra de Lengua Castellana, le hacía hablar delante de la clase porque según ella así le pasaría su inseguridad, aunque Sofía estaba segura que era para torturarla. 

- ¿Sofía?, ¿Sofía Pérez Aguiar?- Escuchó a lo lejos hundida en su pupitre.

- Prese... Prese... Presen-te- Susurró Sofía mientras sus compañeros empezaban a soltar carcajadas.

- No Sofía, te estaba preguntando que qué opinas de la poesía de Pedro Salinas, del libro obligatorio de este trimestre. 

Su mundo estaba paralizado en aquel momento, había leído el libro, sí, tenía una opinión, claramente pero... ¿Quería manifestarla? Pues no. 

- Me da igual- Respondió por primera vez sin tartamudear y con voz contundente.

- ¿Así que le da igual uno de los trabajos obligatorios, Pérez?

No respondió más, ya había sido suficiente con esas tres palabras y la gran riña posterior sobre mi comportamiento en su clase y la poca participación que mostraba, y obviamente, las risas y felicidad de sus compañeros. 

Según su madre iba a ser un buen día, y lo sería, cuando estuviese comiendo su sándwich debajo de las escaleras principales en completa soledad y con los auriculares puestos. Pero parecía que el día iba a dar de sí, pues, de la nada, en mitad del pasillo, María Ibañez, volvió a su lado a saludarla y preguntarle si estaba bien. Sofía no le respondió se limitó a asentir y seguir su camino hacia el baño antes de adentrarse en la clase de música. Escuchó a María suspirar, como si estuviese haciendo el mayor de los trabajos por ella. 

Entró en el baño y se metió en el primer servicio que tenía la puerta abierta. Las paredes seguían pintadas de aquel color verde oscuro mezclado con gris tan horroroso, o en su quería pensar, pero las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos. Por eso se alejaba de la gente, porque aunque no quería que le afectase nada de lo que pudiesen hacerle o decirle, seguía originando en ella aquellas lágrimas y tristeza que tanto odiaba sentir. Sentía como las palmas de sus manos cobraban vida propia y empezaban a temblar, su labio hacía lo mismo y por sus ojos, sin emitir algún ruido, caían lágrimas.

Y así se mantuvo quince minutos, hasta que supo que llegaba demasiado tarde a clase de música y que su profesor, que siempre llegaba exactamente diecisiete minutos tarde, estaría al caer. 

Se limpió la cara y sacó de su mochila negra de Vans, comprada por su madre, una gorra del mismo color que ocultaría algo su cara, por lo menos por los pasillos. 

Las clases, dentro de lo que cabe habían transcurrido con tranquilidad, todo el mundo la había ignorado excepto María, que la miraba como si fuese una refugiada que hubiese venido de vivir en Haití. Los demás hacían como que era invisible, y eso a ella la tranquilizaba bastante. 

Llegó la hora de comer y su momento de liberar tensión debajo de las escaleras a solas. Pero el universo parecía empeñado aquel día que tenía que interactuar con las personas de aquel horrible instituto. Marcos Rodríguez, que iba a natación con ella de pequeña y era el novio de María Ibañez, también vivía empeñado en hablar con ella. Sofía siempre se ponía demasiado nerviosa con él, más que con los demás, y era algo que hacía que si lo veía venir en una esquina, ella corriese en dirección contraria. Marcos era a la única persona que observaba cuando no la miraba, que hay que decir que no la observaba mucho así que disimuladamente no le quitaba el ojo de encima. Era especial, o Sofía sentía eso hacia él, pero a pesar de todo tampoco quería estar a su lado. 

- ¡Sofía, espera!- Bramó cuando ella estaba a punto de salir por la puerta roja en dirección al exterior. Ella se paró y empezó a sentir como le temblaban las piernas, agarró su gorra y dio dos pasos hacia él frunciendo la boca para evitar que él notase su nerviosismo.- María y yo hemos traído mini sándwiches que sobraron de su fiesta de cumpleaños y vamos a comerlos en el patio trasero con un par de amigos, hay para todos y es como una celebración escolar de su cumple, a ella le encantaría que estuvieras. 

Sofía pensó mil y una excusas seguidas pero no era capaz de decirlo en alto porque temía empezar a tartamudear. Así que, sin esperar más se limitó a negar con la cabeza, levantar la mano y decir adiós y salir por la puerta principal hacia las escaleras echando una carrera, como si la estuviese persiguiendo una manada de ñús en plena migración. 


Continuará.....





¡Un abrazote!

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